“Me enorgullece
el título de animal en mi vida, pero en el animal humano preservo. Y busco por
mi cuerpo lo más puro de mi anima, bajo tanta maleza, con su valor primero”
Cierto día,
en esta fría cuidad,
un animal se levantó,
con la energía de un perro hambriento,
arrastrándose por sus instintos.
Se guio por el
olfato,
y emprendió un
recorrido,
entre la penumbra
del amanecer.
Su
jornada en ese momento comenzaba; él se
movía en las circunstancias de lo incierto. Se despojó de su parte más
creyente, olvidó echarse la bendición encomendándose al azar; la destrucción se
convirtió en su credo, vistió su piel
de oveja para así resguardar su pelaje, y, sin ningún tapujo, salió de sí
pronunciando entre los dientes: “…ayudadme a ser hombre: no me dejéis ser fiera
hambrienta, encarnizada, sitiada eternamente, yo, animal familiar, con esta
sangre obrera os doy la humanidad que mi canción presiente[1]”
[1] Sáenz Belén (2001, p 5) citando a Miguel Hernández en, catalogo Salón Nacional
de Artistas 38, Ministerio de Cultura, Cartagena de Indias.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario